Es lo que tiene estar bajo el foco constantemente, que no hay imagen pública que lo resista. Y, claro, al que parecía el bueno de la película le empiezan a asomar los grises por las costuras. De pronto, nos echamos las manos a la cabeza primero con el anuncio de Joe Biden –de ancianito afable tiene solo el aspecto si lo miras de lejos– de que va a enviar bombas de racimo a Ucrania y después con la aceptación de Zelenski de ese tipo de munición. Que, recordemos, está prohibida en un centenar de países por la devastación indiscriminada que provoca. Pero resulta que esto es la guerra y el objetivo es expulsar al invasor como sea –esa perspectiva no la hemos perdido, el malo de verdad sigue siendo Putin–. Y, a lo mejor, el presidente ucraniano no se puede permitir rechazar la ayuda de su principal aliado en este conflicto. Igual la solución es ‘equivocarse’ y tirar las bombas en zonas completamente vacías. Por aquello de mantener la humanidad.
