Este 1-O viene precedido por una declaración conjunta, solemne pero presumiblemente no del todo inalterable, en la que ERC y Junts suscriben, en la sede del Parlament catalán, que la amnistía, sin referéndum, no es bastante para dar el ‘sí’ a la investidura de Pedro Sánchez. Pero nadie quiere romper la baraja de esa negociación clandestina, parece, mientras se anticipan las voces airadas, extremistas, poco racionales, de quienes este 1-O gritarán que no se puede negociar ‘con el Estado fascista y represor’, y todas esas cosas tan fuera de lugar y de veracidad. Pero eso, a estas alturas, casi ya ni importa. La voz de la calle es siempre parcial, nunca unánime. En Cataluña se oirán otras voces, de muy distinto tenor, el próximo día 8, cuando una parte del constitucionalismo tome la calle con banderas rojigualdas y con senyeras entremezcladas. Pero toca hablar de las voces de este 1-O. Y probablemente, entre ellas, desde la distancia, prepotente, la de Puigdemont, el hombre que hace seis años montó todo este lío.
