CRISTÓBAL Parralo es un tipo sensato. Sobre él se ha hablado y escrito mucho en las últimas horas. El racinguismo está de buena estrella y todo lo que hace el equipo parece un regalo para una afición que —aún con la boca pequeña— sueña con asomarse, por ahora con prismáticos, a ver cómo se vive en la máxima categoría. Después de un festival de goles como el del domingo y de superar la barrera psicológica de los 30 puntos —dicen que con 50 la salvación es cosa hecha— hay que ser muy Cristóbal y muy Parralo para plantarse en la sala de prensa y decir que es el peor partido de su vida. Pero tiene toda la razón.
