Aún resulta relativamente fácil dar con algún abuelete que cuenta de su infancia que la puerta de su casa jamás se cerraba. En los pueblos, no había delincuencia y si alguien asomaba al quicio, era —como mucho— para pedir una pizca de sal o para ofrecer media docena de huevos. Hace una semana, el dueño de una cafetería en Recimil relataba su tercer robo consecutivo. “Pusieron unos andamios y a la mañana siguiente no quedaba ni uno”. Ayer, a una vecina de Ferrol Vello le sustrajeron la tele mientras se lavaba el pelo. Cuando acudió a comisaría a denunciar, había cola de vecinos. Vivir así no es vivir.
