Cuando los guías de los museos comentan las características de las obras, los significados que se les han hado o la influencias de los autores, a menudo, casi como disculpándose, suelen explicar que algunas están protegidas por cristales para evitar los efectos del polvo o la luz. Nunca incluyen, quizá porque a nadie le entra en la cabeza el interés por destrozar el arte, que entre los ataques a evitar también está el de la estupidez humana. Precioso el numerito de las dos activistas que lanzaron sopa de tomate sobre ‘Los Girasoles’ de Van Gogh en Londres. A juzgar por sus proclamas, parece que no tenían muy claro ni lo que reivindicaban. Algo sobre que proteger una pintura no puede importarnos más que proteger el planeta y a la gente y que tenemos que darle valor a la comida. Precisamente, cuánto mejor habrían hecho si en lugar de desperdiciar las dos latas de sopa se las hubiesen dado a alguien que las necesitase. Qué curioso es a veces el activismo.
