Salvo cuatro fanáticos que no acaban de entender de qué va el juego —ni eso entienden, criaturas– lo normal es que cada uno se alegre de los éxitos de su equipo, se lamente de sus fracasos y desee para el vecino —con más o menos interés— la misma suerte que pretende para sí mismo. Por eso, el pasado sábado, cuando al Deportivo se le escaparon dos puntos en Tarazona, en Ferrol se vieron caras de fastidio. Las mismas, elevadas a una considerable potencia, que se le quedaron ayer a la parroquia racinguista en el minuto 95, cuando se le escurrió entre los dedos una victoria que ya estaba tallada en su currículum.
