16.00 horas, 30 grados, las cuestas del Tourmalet enfrente y el sudor de tanto esfuerzo inundando el sofá. El paisaje habitual de una siesta típica con el Tour de Francia no lo está siendo este año. Y nos duele perder tradiciones. Ver a Pogacar ponerse el amarillo, mientras con el otro ojo miramos si llueve o no, le quita algo de épica a la vuelta grande por excelencia.
