Lo que sucede por la noche siempre queda oculto, a no ser que la luna arroje alguna luz o sean los policías con sus linternas. Las zonas llamadas de ocio nocturno se convierten la mayoría de las veces en pesadillas para los usuarios y para los vecinos. El tradicional jaleo de voces ya deja de ser una parte del deleite para convertirse en una berrea animal y es ahí donde el droguerío encuentra un hueco para instalarse. La sana costumbre de divertirse tras una semana de duro estudio o de ingrato trabajo no puede convertirse en un malestar. Tendrán que volver las salas de fiestas con las grandes orquestas para que los ociosos se lancen a la pista de baile para hacer gala de las destrezas con los pasos aprendidos en clases de asociaciones de vecinos. Todo un lujo estar una noche de viernes o sábado en un local donde después de retirar las mesas de la cena aparezca una orquesta y no haya que molestarse por drogas y alborotos y sin vigilancia policial a la caza del dromedario.
