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Ah, pero ¿hay estabilidad en España?

uando uno ve en las portadas de los periódicos a Berlusconi pavoneándose en su enésima aventura política o lee las especulaciones acerca de que Boris Johnson podría volver a ser el inquilino del 10 de Downing Street, empieza a replantearse algo que uno va diciendo en sus intervenciones públicas: que Pedro Sánchez es el político que llegó al poder por las vías más inéditas. Pues ya no: resulta que España, que ha vivido sumergida en una crisis política desde aquellas elecciones de 2015, se muestra ahora, y no pocos columnistas así lo corroboran, casi como un modelo de estabilidad, de normalidad democrática. Claro que no es así, pero hay que admitir que, cuando ves los casos de Italia o el Reino Unido, estás a punto de inclinarte a pensar que sí, que navegamos --¿o naufragamos?-- en el mejor de los mundos posibles.

Contemplamos el paso seguro de Pedro Sánchez por los salones europeos o su entrada triunfal al hemiciclo del Congreso, convencido de que aprobará ‘sus’ Presupuestos, y tendemos a pensar que ese hombre, que va encaneciendo prematuramente por un estrés que jamás exterioriza, podría llegar a ser, qué caramba, la solución a la mayoría de nuestros males. Y la verdad es que sale airoso de casi todas esas batallas que absurdamente se plantean cual duelos a muerte en la España binaria: desde la fangosa ‘ley trans’ a las polémicas sobre la memoria histórica, el indulto a Griñán o, la más reciente, la reforma o no del delito de sedición en el Código Penal.

Minucias en comparación con otras polémicas mucho mayores por venir, como la carestía, el empobrecimiento por la inflación o la pobreza energética que nos puede afectar a muchos más habitantes en España de lo que inicialmente se nos dijo. Pero las más arriba citadas son eso, minucias que llenan las páginas más calientes de los diarios y los noticiarios de radios y televisiones. Lo demás puede esperar a la llegada del duro invierno, que ahora lo esencial es, por ejemplo, saber si se reforma o no el Código Penal en una de sus partes quizá peor redactadas, los artículos 544 y siguientes, dedicados a la figura, legislada de manera variopinta en según de qué país se trate, de la sedición. Y, ya que estamos, de la rebelión, que siempre se confunde con la primera en no pocos textos legislativos. Como si de ello dependiese en estos momentos --y creo que ni siquiera es del todo así-- la buena relación con un Govern catalán que es más inestable aún que el de la señora Meloni en Italia.

Afortunadamente, en España no tenemos, al menos en primera fila, un Berlusconi que ponga en tela de juicio los fundamentos del Estado a base de mirar con simpatía al autócrata Putin. Ni un Johnson que denigre (tanto) la mismísima concepción digna de la política. Ni menos aún un Bolsonaro que aún puede resultar vencedor frente a Lula en Brasil.

Si por ‘estabilidad’ entendemos la fortuna de carecer de esperpentos tan notorios en la política, entonces es cierto: somos un país estable. Y ello, pese a que el anterior jefe del Estado permanece en un semi exilio incomprensible, pese a que el propio concepto de seguridad jurídica cambia cada día, pese a que la separación de poderes es una entelequia. Y pese, claro, a que esos Presupuestos que con tanto desahogo parece que se aprobarán en el Parlamento son, lo dicen todos, una ficción de imposible cumplimiento.