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Ángeles, cigüeñas y veraneantes

Ayer alcancé a avistar un ángel. En un principio se me antojó imposible, pero después de contemplar su sosegada evolución sobre el azulado éter de la veraniega tarde, comencé a estar más seguro de que efectivamente lo era. Su largo pico rojo, naciente de una pequeña cabeza, la propia de seres ajenos al pensamiento, sus enormes alas, en fin, la natural desproporción de lo divino que solo su sombra era capaz de conciliar.

Era un ángel, sí señor, y del señor, porque se posó sobre el tejado de la iglesia, justamente en el nido de la cigüeña. Allí se posó y allí estuvo mirando para la plaza con ese celo y devoción que solo ellos son capaces. Porque los ángeles son de esa condición, pacientes, quiero decir, tanto que a menudo nos impacientan. Ocurre que nosotros no somos ángeles, somos veraneantes, llenos de prisa cuando contamos con neurótico delirio los días que nos restan hasta la vacación y luego cuando ya en ella contamos cada día que nos falta para tener que reintegrarnos a nuestros trabajos, donde volver a tachar todos y cada uno de los días que nos faltan para poder contar los días que nos quedan de descanso. Resumiendo, que no descansamos, unas veces añorando el descanso y otras lamentando el regreso.

Si fuésemos ángeles, viviríamos y descansaríamos como ellos, en un angelical deambular por cielos y charcas, en el sano oficio de cuidar almas, al servicio del señor, sin contrato, ni horario, como autónomos, como cigüeñas.