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El apego se disfrazó de miedo

La semana se ha deslizado por el calendario sin apenas dejarme un tiempo de descanso, de esa calma que me gusta disfrutar para conectar con la escritura. La presión de la entrega -¿Por qué será que siempre he sido de llegar al límite? Lo dejo para otro artículo-, dispara mi creatividad a la búsqueda del tema con el que abordar esta semana mi encuentro con vosotros. Rescato, como suele ser habitual, conversaciones, noticias, alguna que otra lectura y las anotaciones que voy haciendo en las libretas que nunca faltan en mi bolso o en la mesilla de noche.

Quizás porque el mundo está como está, y a pesar de que nos acercamos a fechas de celebración, me salta la palabra MIEDO. ¿Y más allá de ese miedo, qué hay? – me pregunto. La respuesta está, desde mi punto de vista, en el APEGO. Miedo y apego se retroalimentan.

Si partimos de la definición de apego, observamos que se trata de una necesidad compartida por la especie humana y los animales. Consiste en un lazo de unión entre la cría (humana o no) y su madre o cuidador, independiente de la nutrición y del sexo. La función primordial del apego es proporcionar seguridad a las crías. Posteriormente, el deseo de apego satisfecho, genera un vínculo de amor entre la cría y el cuidador. El psicólogo americano Bowlby concluyó en su Teoría del apego, que este vínculo facilita la seguridad emocional indispensable para el desarrollo adecuado y evolución de la especie; en tanto que el aislamiento y la soledad son peligrosos para las crías (sean humanas o no). Sin embargo, a medida que evoluciona el ser humano, la necesidad imperiosa del apego, lejos de constituir una ayuda, puede convertirse en un lastre y en un freno para la autonomía personal.

No cabe duda que sean cuales sean nuestras experiencias suele pervivir, de manera inconsciente en nosotros, un modo de depender de cosas, situaciones o personas, bajo una pretendida seguridad. Por el contrario, ese comportamiento nos resta libertad. La vida evoluciona constantemente, nada es permanente, por lo que aferrarse buscando garantía de constancia nos generará dolor y frustración. El desapego supone perder el miedo, fluir, aceptar el momento presente y de ese modo disfrutar. No se trata de desligarse de todo y de todos. Nuestra vida no se construye a base de independencia, que muy probablemente nos llevaría al aislamiento, si no de interdependencia. Esta es la base para construir relaciones desde el equilibrio y la igualdad y no el miedo. Confieso que ha sido todo un camino recorrido, no exento de tropiezos y muchos aprendizajes, para llegar hasta aquí y vivir las relaciones de una manera más sana.

Y al igual que con las relaciones, para los objetivos que nos planteemos debemos generar expectación, pero no expectativas. En este sentido, una vez que hemos definido de manera clara la meta que deseamos alcanzar, “soltemos” el resultado. Cuestión que muchas veces resulta difícil ya que, de nuevo, detrás está el miedo, ese miedo a lo desconocido; el vértigo que entra cuando se avanza hacia el futuro, por un camino que se recorre por primera vez. El desapego proporciona una mente abierta, despierta y más receptiva a lo que nos rodea. Nos aporta la flexibilidad suficiente para adaptarnos a los cambios. En definitiva, se trata de quitar la máscara del apego y reconocer el miedo que hay debajo. Seguir desnudando al miedo y permitirnos ser de una manera auténtica. Desde ese punto, surge el amor y por lo tanto la confianza.

Cierro con estas palabras de Virginia Satir “Quiero poder amarte sin aferrarme, apreciarte sin juzgarte, encontrarte sin agobiarte, invitarte sin insistencia, dejarte sin culpabilidad…”