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Mal non fagades, ben tampouco!

Entre las muchas leyendas nacidas en torno al Camino de Santiago figura la de un  peregrino devoto que, caminando hacia Compostela, apaciguó a dos bueyes que libraban una pelea encarnizada, separándolos con su voz potente y el bastón de peregrino, que eran sus únicas armas.

Cuando los amos de los bovinos que departían amigablemente en la taberna salieron del establecimiento alarmados por el ruido, recompensaron la acción tan “humanitaria” del romeiro por meterse donde no le habían llamado con una sarta de palos, similar a los que recibía Don Quijote cuando cumplía con su alta misión de “desfacer entuertos”.

Traigo esta leyenda a colación a propósito del expediente abierto a tres policías locales de Segovia (El Día de Segovia, 25.02.2023) que se subieron al Acueducto para evitar un intento de suicidio, aunque después de la polémica generada la alcaldesa de la ciudad dio marcha atrás y señaló que se trata de un informe interno, no de abrir expediente y, por tanto, sin sanción alguna para los agentes.

Casos similares ocurren a diario cerca de nosotros. Recuerdo el gesto caritativo de un pontevedrés con un compañero de trabajo al que, desahuciado de su vivienda, le ofreció la casa que tenía como segunda residencia en una localidad cercana para que se cobijaran allí unos días él, su mujer y sus cuatro hijos menores.

Iban a ser unos días, pero convirtieron el buen gesto en una okupación de meses que acabó con todos los enseres destrozados, “incluidos muebles antiguos de gran valor sentimental” y sin recibir un euro por los daños ocasionados.

En Vigo, un hombre que presenciaba la agresión a una mujer recriminó al agresor e intentó llamar a la policía. Fue entonces cuando el individuo se abalanzó sobre él propinándole una buena paliza, que hubiera ido a mayores de no llegar las autoridades que le llevaron al hospital y detuvieron al atacante.

En este tipo de sucedidos es un clásico que unos individuos paren su coche (con placas falsas) en una carretera transitada fingiendo una avería, pidan ayuda a los automovilistas que pasan por allí y cuando uno se detiene para ayudarles, le desvalijan y dejan a la intemperie.

Así es la sociedad que hemos creado entre todos en la que, ante casos como estos, hay que apelar al viejo dicho “desconfía y acertarás”, frente a lo que decía Jacinto Benavente “vale más equivocarse alguna vez que desconfiar siempre”.

En la leyenda del Camino, el peregrino curó sus heridas, siguió andando al encuentro con el Santo Patrón en Compostela y regresó a su casa. Allí contó lo sucedido a sus hijos y les dijo que cuando fueran por el mundo adelante “mal non fagades a ninguén, pero ben tampouco”. Un sabio consejo para los tiempos que corren.