Meditación, un viaje hacia la ‘cAlma’
Nllego a todo” como un mantra, resuena una y otra vez últimamente en mi cabeza. Me lo habéis oído, o más bien leído, que este otoño está viniendo cañero, un sin parar de actividades, agendas intensas, jornadas infinitas, prisas y más prisas. La sensación de velocidad, de pérdida de control ha encontrado, estos días, magníficos compañeros en el viento, el oleaje y la intensa lluvia. Y en medio de toda esa vorágine, aterricé hace una semana, en uno de mis lugares refugio, Punta de Couso.
Suspendido entre verde bosque y azul mar, este pequeño paraíso nos acoge para un fin de semana de retiro y meditación. Amistades de siempre, nuevos conocidos y el recuerdo de las muchas experiencias compartidas en esos rincones. Esta vez llegamos sin perdernos. Nos recibe una sala bañada en colores marfil y anaranjados que contrastan con el gris del cielo.
Fuera los árboles danzan de manera enloquecida, el viento grita, el mar le responde y por momentos, las nubes descargan sus protestas. Frío y locura externa, calor y paz interna. Bonita metáfora de “meditación.”
Cuando a nuestro alrededor se presentan situaciones de estrés, ritmos acelerado s, conflictos, la meditación se erige como espacio de cAlma, pausa, paz.
A lo largo de los siglos, esta práctica, ha sido adoptada por diversas culturas y religiones, y ha demostrado ser una herramienta poderosa para el crecimiento personal y la salud mental. Más que una técnica, es un estilo de vida. A través de la meditación, podemos bajar el volumen de los ruidos mentales para sintonizar la voz interna o mejor aún, el silencio. Numerosos estudios respaldan los beneficios de la meditación, tanto desde el punto de vista físico, como emocional o mental.
Está demostrado que practicar de manera regular alguna técnica meditativa reduce la presión arterial, fortalece el sistema inmunológico, o permite gestionar el dolor crónico. Por otra parte, reduce el estrés, la ansiedad y la depresión. Ayuda a desarrollar la resiliencia emocional y mejora la concentración y la claridad mental. Ese momento de pausa en nuestro quehacer diario nos permite también conectar con nuestra esencia, conocernos desde un espacio diferente, estar en el momento presente, ni en la ansiedad del futuro, ni en la añoranza del pasado, en el aquí y ahora.
En mi caso, me inicié en la meditación a través del yoga y de ahí vinieron luego otras técnicas que me han permitido mejorar mi gestión del estrés, lidiar de manera más eficaz con mis emociones y, por lo tanto, mantener mejores relaciones con los demás y conmigo misma. ¿Siempre lo consigo? Evidentemente no, pero soy consciente de ello y procuro no desviarme mucho del camino. Fines de semana como el anterior, lugares refugio como Punta de Couso, son anclajes que me permiten volver a la serenidad en medio de la tormenta. Lo grupal, la “tribu”, como efecto multiplicador de esa experiencia.
No es necesario, sin embargo, recurrir a lugares o momentos especiales, cualquier instante es tiempo de meditación. Como dice mi querida Montse, “si lo haces con consciencia, hasta barrer puede ser un acto meditativo”. Si no tienes costumbre ve poco a poco, conecta con la técnica que se alinee más con tu personalidad y reconceptualízalo como un tiempo de “autocuidado”. Aprender simplemente a estar tanto contigo como los demás, de una manera plena, disfrutando de los silencios, del aquí y del ahora. Como decía Pema Chödron, “No nos sentamos en meditación para convertirnos en buenos meditadores, sino para estar más despiertos en nuestra vida cotidiana.”
