La paradoja de Monti
Comparto vida con un gato obeso y obseso al que le gustan las sardinas. Hasta ahí, nada nuevo, pero justo es afirmar en su defensa, y en eso la novedad, que no las prueba porque conoce del sufrimiento de los marineros que las pescan. Se duele el felino de los hombres que se bregan en esa tarea, obviando que en ese quehacer las privan de vida, pero es lejos de ese dilema donde alcanza fuerza su argumento.
Es más, podría Monti, el gato, detener el mundo con ese argumento; ¿a quién no le duele ese hombre explotado por mor de proveer a hombres y gatos de sardinas? ¿Qué clase de gato sería si no sufriera esa brutalidad como si fuese suya? No, no puede dejarlo pasar, ha de movilizarse en favor del pescador y no halla mejor modo que el de renunciar al consumo de tan preciado bocado, sacrificio que, para colmo, le obliga a una dieta holística de salmón, pollo, cereales y vaca.
La causa bien lo vale; el ejemplo, aún más. Es un miau comprometido con los problemas sociolaborales y derechos inherentes. Con todos, menos con la sardina, a la que sino desprecia, obvia en favor de los pescadores.
Los gatos obesos y obsesos tienden a la literalidad de la metáfora social, pero en esto tengo que darle la razón porque si no nos movilizamos por una causa tan justa, ¿qué clases de gatos seremos cuando los hombres sean sardinas y las sardinas marineros?
Y esa es la contradicción, y esa, también, la causa; sardina a la que cada uno arrima su ascua.
