Sueñan con la inmortalidad
Cuando los generales romanos aparecían victoriosos ante su pueblo y eran aclamados, un esclavo sostenía sobre sus cabezas una corona de laurel mientras les susurraba al oído: “memento mori”, recuerda que eres mortal. Esa advertencia resonaba como un contrapeso a la gloria, un recordatorio de los límites humanos en medio del delirio colectivo.
Me acordé del “memento mori” de los romanos viendo la exhibición de fuerza y poderío chino en la reciente “cumbre de la autocracia” cuando Vladomir Putin y Xi Jinping, conocedores de su fragilidad, coquetearon con la idea de alargar la vida hasta los 150 años e incluso buscando la inmortalidad a través de la tecnología. Aparecen como líderes con vocación de perpetuidad, queriendo gobernar más allá de los plazos que marca la biología.
Es paradójico que dos septuagenarios, adalides de la represión y de la censura, dos líderes que ordenan persecuciones y abren cárceles, declaran guerras y deciden sobre la vida de millones de personas sueñen con gobernar eternamente y piensen cómo alargar la vida, la suya, claro, porque la de sus pueblos no cuenta. No les interesa disfrutar de tiempo libre, leer a los clásicos, ver crecer a los nietos o, simplemente, pasmar, les interesa seguir en el trono para perpetuar su inmenso poder.
Bien es verdad que tampoco son un caso único en la historia. Los faraones buscaban la inmortalidad en pirámides y tumbas, los emperadores chinos tomaban “elixires de longevidad”, los zares rusos se blindaban con rituales y símbolos, Hitler soñó con un Reich de mil años, Stalin mantuvo el poder gracias a una férrea y criminal y Franco, que se sabía mortal, quiso prolongarse con aquella expresión “todo queda atado y bien atado” y con su final llegó la Transición democrática en España.
La historia es terca y la biología tiene sus leyes. Un viejo dicho sentencia que “no hay mal que cien años dure” y nadie, por más poder que haya concentrado, ha escapado aún al límite biológico. Ni emperadores, ni zares, ni caudillos. Tampoco lo harán los presidentes de China y Rusia. Podrán alargar artificialmente sus vidas y mandatos, pero no hasta el infinito. Y cuando llegue el momento, cuando la biología vuelva a imponerse, esas dos naciones tendrán ante sí una encrucijada histórica y ojalá puedan escoger el camino de su propia transición a la democracia.
Ahí radica la esperanza. Igual que España encontró en la muerte del dictador la oportunidad de abrir puertas y ventanas, también los pueblos ruso y chino podrán, llegado el día, transformar la desaparición de sus líderes en el comienzo de una nueva época. Porque el tiempo, ese enemigo íntimo de los autócratas, siempre acaba del lado de quienes sueñan con libertad.
Mientras eso no ocurra, que alguien les diga lo mismo que el esclavo decía a los generales romanos, “recuerda que eres mortal”.
