Un viejo lobo de mar de Noicela encuentra la paz en la cestería
Jesús Pereira Calvete cumple este martes 90 años. Durante 31 faenó en Caión y, tras jubilarse, encontró lejos del mar una forma de ocupar el tiempo y sus manos: la cestería

A sus 90 años, que cumple este martes, las manos de Jesús Pereira Calvete siguen trabajando. Ya no tiran de aparejos ni afrontan las jornadas de pesca que durante tres décadas lo llevaron al mar desde Caión. Ahora escogen las varas, las preparan y las entrelazan pacientemente hasta convertirlas en cestos. En su casa de Casadelas, en la parroquia carballesa de Noicela, este viejo marinero encontró en la cestería una ocupación para la jubilación y, sobre todo, un refugio de tranquilidad.
Jesús Pereira pertenece a una generación para la que el mar fue una forma de ganarse la vida cuando había pocas alternativas. Durante los años 60 y 70, Caión era el puerto de referencia para numerosos hombres procedentes no solo de A Laracha, sino también de la costa de Arteixo y Carballo. Desde aldeas de Barrañán, A Lagoa, Chamín, Lendo, Baldaio o Razo recorrían largas distancias con el macuto para embarcar. Según recuerda el ex patrón mayor de Caión Evaristo Lareo, llegaron a faenar desde allí 543 marineros, repartidos entre 28 barcos de cerco y alrededor de quince embarcaciones de artes menores.
Jesús fue uno de ellos. Pasó 31 años embarcado como pescador en el ‘Armonía de Caión’. Recuerda aquellos tiempos como años duros, en los que había que salir aunque las condiciones no acompañasen. Especial respeto le producían los bajos de Baldaio, con el mar de fondo y las fuertes corrientes. Aquello, recuerda, le hacía un nudo en la garganta.
No necesitó clases. A fuerza de observar, probar y equivocarse fue perfeccionando la técnica hasta dominar un oficio que nunca convirtió en negocio.
La dureza del oficio condicionaba también la vida familiar. Casado con Josefa Rodríguez y padre de tres hijos, José, Suso y María Jesús, en alguna ocasión no conoció a sus hijos hasta regresar de la marea después de su nacimiento. “Había que saír ao mar si ou si”, recuerda sobre una época en la que las posibilidades de conciliar el trabajo y la familia poco tenían que ver con las actuales. Cuando regresaba a tierra, además, la pesca se combinaba con las labores agrícolas que realizaba junto a su mujer para atender los animales y obtener productos de la huerta.
Aprender mirando
Se jubiló a los 55 años y fue entonces cuando recuperó algo que había observado siendo niño. Por las aldeas todavía pasaban cesteros a los que los vecinos encargaban recipientes de mimbre para las faenas agrícolas. Jesús había prestado atención a uno de ellos, Jesús Sánchez, de Noicela. Miraba cómo escogía y pelaba las varas, cómo las colocaba y de qué manera las entrelazaba. Aquella curiosidad acabaría convirtiéndose, muchos años después, en aprendizaje.
No necesitó clases. A fuerza de observar, probar y equivocarse fue perfeccionando la técnica hasta dominar un oficio que nunca convirtió en negocio. Comenzó elaborando los tradicionales cestos utilizados para recoger las patatas y, a medida que estos fueron perdiendo protagonismo en las labores del campo, empezó a realizar piezas más pequeñas, ornamentales y de diferentes tonalidades.
Jesús pertenece a una generación para la que el mar fue una forma de ganarse la vida cuando había pocas alternativas
Todavía hoy puede completar hasta tres cestos en una jornada. Ninguno lleva precio. Los reparte entre amigos, vecinos y visitantes que se acercan y valoran un trabajo al que dedica horas simplemente porque le gusta hacerlo.
La cestería se ha convertido así en el reverso de aquella vida marcada por las mareas y la obligación de salir a faenar. A los 90 años, Jesús continúa sentado ante las varas, trabajando sin las prisas que durante décadas impuso el mar. Y algunas jornadas tiene a su lado a su bisnieta Mia, a quien enseña cómo se hace aquello que él mismo aprendió mirando. Entre ambos quedan casi nueve décadas de distancia y un oficio sencillo que sirve de puente entre generaciones.












