Un lapsus elocuente… y sincero
Ocurrió en el Senado, ese escenario donde los discursos suelen pasar sin pena ni gloria… salvo cuando el subconsciente decide intervenir. La vicepresidenta segunda, quiso reivindicar la solidez del Ejecutivo y en respuesta a la portavoz popular dijo con convincción: “Queda Gobierno de corrupción para rato”.
El lapsus fue breve, pero el eco interminable. La bancada popular estalló en aplausos, no por cortesía parlamentaria sino por puro deleite, y ella corrigió al instante, consciente de que su frase había cobrado vida propia para la historia. Porque hay errores que duran un segundo y otros sobrepasan legislaturas.
Los freudianos hablarían de una revelación de subconsciente, ese territorio donde las palabras se escapan sin pedir permiso, que tiene razones que la lengua acaba delatando. Pero incluso sin ponerse psicoanalíticos, hay algo fascinante en la sincronía entre el lapsus y el contexto: justo cuando la UCO y la prensa airean sospechas de corrupción, la vicepresidenta proclama, sin querer, la frase que ningún opositor habría soñado. A veces, la realidad tiene un cruel sentido del humor.
Es seguro que fue un simple tropiezo. El cansancio, la velocidad del debate, el automatismo de una respuesta improvisada… Pero, los lapsus en política, nunca intencionados, se juzgan por su inoportunidad. Y este llegó en el momento perfecto: con el Gobierno y el partido que lo sustenta bajo sospecha, las Cámaras en tensión y una oposición dispuesta a convertir cada palabra en titular. El subconsciente, si existe, no podría haberlo hecho mejor.
Por si el día no venía lo bastante complicado, la vicepresidenta volvió a dirigirse a la senadora popular y atribuyó a un dirigente de este partido la célebre frase “El dinero público no es de nadie”, expresión que en realidad pertenece a Carmen Calvo, ex vicepresidenta socialista. Este ya no es un lapsus freudiano sino un ejemplo de ignorancia en estado puro, ese mal endémico de muchos políticos que confunden las citas, las cifras y, a veces, hasta las ideas. Lo del subconsciente puede tener un pase; lo de no saber quién dijo qué, no tanto.
Ambos episodios ilustran bien la política como performance en la que cada error lingüístico se convierte en diagnóstico moral. Antes, un lapsus quedaba como una anécdota, hoy se disecciona, se comparte en redes y se usa como prueba de cargo. El inconsciente del poder se ha vuelto contenido viral.
Ocurre que el lapsus y error de la vicepresidenta revelan con claridad el clima político de un país tan saturado de sospechas y harto de presunciones de inocencia que hasta las traiciones de subconsciente parecen verdades. Parafraseando a doña Emilia Pardo Bazán, “era tanta la verdad de su lapsus que eclipsó lo real”.
Tal vez no haya “Gobierno de corrupción para rato”, pero este lapsus, sin duda, seguirá dando comidilla para rato.
