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Me llamo Lejla.

En los últimos seis meses he adelgazado 15 kilos.

De los grifos de Sarajevo no sale ni una gota de agua, ni siquiera un hilo que engañe. Las colas en las fuentes públicas son interminables y, casi siempre, blanco del fuego de los Vigías. Y aún así, vamos. Tenemos que ir, aunque nos juguemos el cuello.

En mi caso, para llegar a los manantiales de la fábrica de cerveza Sarajevska Pivara tengo que cruzar Zmaja od Bosne. Entre el Holiday Inn y los restos del Hotel Bristol solo hay una opción para intentar esquivar las balas: correr. Correr encogida, con el cuerpo tenso, con el estómago vacío pegado a los muros y el miedo mordiéndome los tobillos.

Hay días en los que no me veo capaz. Y, entonces, no bebo.

Cuando salgo, como hoy, “los ojos que están sobre mí me observan”. Parece mentira que esa primera frase de El cuento de la criada refleje tan bien mi situación. Pero sí: los ojos de los Vigías miran desde arriba. Desde las colinas. Y desde las azoteas de los edificios más altos de lo que ya se conoce como “Sniper Alley”, la Avenida de los Francotiradores.

Tienen sitiada la ciudad.

Nos apuntan.

Y deciden quién vive y quién muere.

Dicen que no solo hay soldados. Que entre ellos hay hombres que han pagado por venir a jugar a ser Dios.

Nos ven a través de su mira telescópica. Nos siguen. Nos miden. Disparan. Porque para eso han venido. Para vernos caer. Para quitarnos la vida.

Al menos, la venden cara. Entre 80 y 100 mil euros, dicen los rumores que circulan por las colas del pan. Con suplemento si cae un niño o una embarazada. Como si fuéramos piezas de caza clasificadas por tamaño y dificultad.

Safaris humanos, les llaman. Participan quienes los venden y quienes los compran. A nosotros nos han relegado a la categoría de presa. De objetivo. De entretenimiento para quienes confunden la muerte con una aventura.

Supongo que se habrán cansado de matar jabalíes o elefantes.

Quieren experiencias más intensas. Y por eso, prefieren a sus congéneres, a sus iguales.

Porque en nosotros el miedo se nota: en el rostro tenso, en el cuerpo encogido, en las manos temblorosas, en la mirada esquiva. Porque si algo nos aterra es mirar hacia arriba. Y agudizar el oído. Por si los vemos. Por si escuchamos sus risas. Por si su goce nos eriza el vello hasta contraernos la piel, hasta hacernos tan delgados, tan apretados por dentro, que el aire pueda atravesarnos y disolvernos.

Creo firmemente que aquí uno puede desaparecer sin que le disparen: basta con sentir el placer ajeno ante la muerte de un inocente para que el alma se afloje e, incapaz de sostenerlo, se desprenda del cuerpo antes de que llegue la bala.

No es mi caso. Yo me voy. Hoy. Y lo hago con sangre, con un dolor agudo y un grito ahogado. Con remordimiento, incluso, por no haber sido lo bastante rápida, por no haber sabido esconderme mejor. La bala me ha encontrado. Caigo al suelo doblando las piernas como un animal herido. Sin épica, sin ruido. Solo como un cuerpo que se desploma porque alguien quiso probar qué se siente.

Nota de la autora: Esto no es el comienzo de una novela distópica que vaya a publicarse por fascículos en El Ideal Gallego. Ojalá se tratase de una ficción seriada. Pero hay periódicos bosnios que en 1995 ya hablaban de los safaris humanos.

Entonces, como tantas veces, dejamos que el dolor se diluyera entre titulares. Ahora no deberíamos volver a hacerlo. Hay que arrojar luz. Porque no hablamos de literatura, hablamos de realidad. Una tan perversa que supera a la distopía más vil que seamos capaces de imaginar.