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Hace poco me entrevistaron en RNE para hablar del proceso de escribir una columna de opinión. Mis palabras formaban parte de una entrevista a Aser Álvarez, director del documental O meu nome é Camba, sobre el maestro –en mayúsculas– del articulismo. Una de las preguntas fue qué es lo más complicado de escribir una columna. 

Para mí, lo más difícil es que una dentellada quepa 3.700 caracteres. Siempre termino enviando una versión que ha pasado por la poda, con frases amputadas y párrafos depurados. Pero no es solo una cuestión de tijeras: también hay que lograr que una reflexión personal tenga sentido para quien la lee. Que pase del ombligo a lo colectivo sin perder verdad ni filo ni utilidad.

No lo dije entonces, pero podría añadir otra complicación: elegir de qué hablar. A veces barajo temas y me pregunto cuál tendrá más carne, más sentido. Y hay uno que lleva tiempo dando vueltas en mi cabeza (y en mi cuaderno de notas): la mentira.

He leído, he buscado, he apuntado. Y hoy, 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, me parece que ya es hora de sacarlo de la nevera. Porque sí: la mentira también puede ser una forma de violencia. Invisible, cotidiana, blanqueada. Pero violencia al fin. Y como toda violencia que se normaliza, merece que alguien le meta el diente.

Mentir no es solo decir algo falso. Es decidir por el otro qué puede saber, qué debe sentir, qué soportará. Es subirse al pedestal de la superioridad moral e intelectual y mirar desde arriba. Es tomar al otro por idiota. Pero, sobre todo, es controlar.

Hay muchos tipos de mentiras: desde las más gordas hasta las mal llamadas piadosas. Y demasiadas justificaciones: mentir por amor, para evitar un conflicto, por no herir, porque supuestamente no es a mí a quien le corresponde desvelar la verdad…

Lo cierto es que todas esas excusas vienen envueltas en la misma lógica: yo tengo el poder de filtrar la realidad, tú solo tienes que tragártela. Mentir no es otra cosa más que dominar. Y ahí hay violencia. Porque cuando mientes, lo que realmente haces es negarle a alguien el derecho a decidir sobre su vida con toda la información.

Tras la mentira no hay cuidado; hay control. Mentir no suele ser un acto de compasión. Casi siempre es cobardía. Tras la mentira está el egoísmo de quien instrumentaliza a una persona y la convierte en herramienta para lograr su propósito, incluso cuando ese objetivo sea no aguantar la incomodidad de su reacción.

Nos han enseñado a pensar que la violencia tiene que ser explícita para contar. Que, si no hay gritos ni golpes, no pasa nada. Pero una mentira puede sostener años de manipulación. Puede justificar relaciones desequilibradas, decisiones unilaterales, historias donde una parte vive en la realidad y la otra en una versión editada.

No hablo de las grandes mentiras que salen en los titulares. Hablo de las pequeñas: el “no te conté porque ibas a reaccionar mal”, el “lo hice por ti”, el “pensé que era lo mejor”. Esa forma sutil de decir: decido por ti porque tú no sabes. O no puedes. O no importa.

El 25-N no es solo para hablar de asesinatos y sentencias. También es para hablar de las violencias que no tienen código penal, pero sí efecto acumulativo. Mentirle a una mujer no es solo un gesto personal: es un síntoma cultural. Un reflejo de cómo se sigue entendiendo el poder. Una mujer engañada no solo pierde información: pierde voz, pierde espacio, pierde las riendas de su propia vida.

En estos días en que todo el mundo publica frases bonitas contra el machismo, yo me quedo con una más incómoda: si realmente quieres una relación igualitaria, empieza por no mentir. Di la verdad. Aunque incomode. Aunque complique. Aunque duela. Porque si mientes, no amas: mandas. Y eso no es amor, es abuso.