Correr
El deporte nunca ha sido lo mío. En el instituto saltaba el plinto (nosotras le llamábamos plinton, pero la RAE dice que es incorrecto), hacía el puente sin problema (no así el pino puente, que ya era otro nivel) y llegaba a los 30 abdominales del tirón. Poco más.
Bueno, una vez me eligieron para una competición de natación de no sé cuántos metros espalda y un profesor de Educación Física debió de verme lo suficientemente alta como para proponerme probar con el salto de altura. A lo que, obviamente, dije que no.
No es que no destacara en ningún deporte individual ni de equipo. Destacar, lo que se dice destacar, sí que destacaba, pero por llegar tarde al balón, por calcular mal las distancias, por no coordinar cuando tocaba.
Y, sin embargo, el domingo corrí mi primera 10K: la carrera solidaria Costa Ártabra.
Mi marido quiso acompañarme. Respetando mi ritmo y mis manías. Solo presencia.
Y, aun así, le pedí ir sola.
Él lo respetó, pero creo que no lo entendió del todo, porque nada estaba más lejos de su intención que presionarme. Él quería ser todo lo contrario: un apoyo. Pero es que…
Decía José Saramago: “Hay un dicho que es tan común como falso: El pasado, pasado está, creemos. Pero el pasado no pasa nunca, si hay algo de nosotros que no pasa es el pasado, el pasado está siempre, somos memoria de nosotros mismos y de los demás, somos la memoria que tenemos”.
Y yo soy alguien que recuerda que cuando hay movimiento, hay juicio. Que la evaluación cuenta más que el esfuerzo. Que cuando hay otros mirando, hay algo que demostrar.
Y corro con eso también. O contra eso. Como cuando el viento sopla en contra y cada zancada cuesta el doble.
Por eso necesitaba correr sola. Para no demostrar nada. Para no sentir que alguien (aunque no lo haga) está esperando algo de mí.
Y porque el mayor apoyo que me puede dar mi marido es hacerse cargo de lo que yo no puedo hacer cuando no estoy.
Para que yo pueda.
La carrera Costa Ártabra tiene un recorrido atractivo: de castillo a castillo, del de Santa Cruz al de San Antón. El ambiente es festivo. Y la organización, impecable. Pero lo que me hizo inscribirme fue que correrla, por una vez, servía para algo: el beneficio se destina íntegramente al programa de calidad de vida y deporte inclusivo del Comité Cidadán Antisida (CASCO).
Tardé una hora y nueve minutos en completar la distancia. A un ritmo de 6:50, aproximadamente. No será una gran marca, pero yo todavía no me lo creo.
Cuando mi marido empezó a correr, hace ya varias décadas, intenté acompañarle un par de veces. Solo me sirvió para confirmar que aquello no estaba hecho para mí. Porque, siendo honestos, correr no tiene ningún sentido. Se trata de avanzar hacia ninguna parte. De volver al mismo punto de partida, pero cansada. De invertir un tiempo que podrías dedicar a cualquier otra cosa útil en algo que no produce nada tangible.
Tampoco ayudaba que yo no sintiera nada de eso que te venden. Ni endorfinas, ni subidón, ni felicidad runner. Solo cansancio, ganas de echar el higadillo por la boca y la sensación de estar perdiendo un tiempo muy valioso, por escaso.
Hasta que un día, hace menos de dos años, me puse los cascos.
Hice una lista en Apple Music: Florence and The Machine, Ray Charles, Dylan, Van the Man, Bowie (Bowie, siempre), Pulp, Ride, Elastica, la Creedence, la Velvet, Little Richard, Crowded House, The Verve, Fleetwood Mac, The Clash, el Boss, The Band, The Muffs, The Breeders, Blur, Belle and Sebastian, Heavenly, T. Rex y hasta Carla Bruni. Y probé a no pensar.
Sorprendentemente pude vaciarme al ritmo de la música, como dice Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr.
Y todo cobró sentido.
Resultó que correr no era perder el tiempo. Era recuperarlo.
Porque durante ese rato no soy nada más. No soy madre, ni trabajadora, ni lista de tareas pendientes. No estoy pensando en lo que tengo que hacer después. Ni en lo que no hice antes.
Estoy corriendo.
Me costó mucho entenderlo. Pero ahora sé que ese rato en el que solo sigo el ritmo de una canción (sin pensar en nada más) es justo lo que necesitaba. Un reinicio. Un paréntesis. Una tregua.
Porque, al final, esto tampoco va de correr.
Va de no tener que llegar. Ni ser.
