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Leo por ahí que una chica se desmayó cuando Álvaro Ferllo paró el penalti delirante que se sacaron de la manga (para variar) el árbitro y el VAR. Tuvieron que venir las asistencias para que recuperase el sentido, pero es que ser del Depor es eso, un continuo desmayo, un sinsentido, una pasión que se lleva dentro como las arenas de la antigua playa de Riazor se llevaban en las chanclas. Las arenas de ahora son como pedruscos de cantera, todo hay que decirlo, que sales con las piernas brillando como una sirena de la cantidad de mica que se pega.

Ser del Depor es que se te quede media vida en cada partido. Es como ser un templario, siempre dispuesto a que los golpes de la vida te devuelvan al pozo cuando menos te lo esperas. Pero también ser del Depor es desmayarse del puro gozo de ganar, es remontar cuando está todo perdido, es plantarle cara a los más grandes como esos perros pequeños que se creen un gran danés.

También leo mucho por ahí que el ascenso del Depor es por decreto. Raro, raro, ya que nos han pitado cuatro penaltis en contra en los últimos tres partidos. Menudo decretazo más raro, que te piten todo el rato en contra. Los mentideros afirman que el presidente de la federación es del Celta. El presidente del CTA (dicen) también es del Celta. No veo yo a simpatizantes del vecino rival apoyando al Deportivo de La Coruña, no lo veo, pero bueno, hoy en día todo es confuso, difuso y extraño, así que no sería descabellado que un presidente del Madrid y del Celta decretase el ascenso del rival. Ja, Ja, ja, ja.

El viernes fue día de las peñas y Riazor y aledaños se llenaron de gente con sus banderas, sus camisetas blanquiazules (y las verdes de Feiraco), sus bufandas, sus gritos y sus cánticos. Coruña está hambrienta de subir a primera, de donde nunca debió salir. Un equipo que le remontó al Milan (yo estaba allí), que le chafó el Centenario a uno de los equipos más poderoso del mundo, que ganó una liga siendo de los pocos elegidos, que ganó una copa inundada de lluvia, no puede estar vagando por esos campos de Dios, sin rumbo y en el lodo, que decía la canción. Toda esa gente entregada, esos niños ilusionados, esas jóvenes desvanecidas merecen un ascenso, por decreto o sin él.

Pero volvamos al partido contra el Leganés. Primero, sorprendente que aparezcan unos neonazis de marca blanca intentando fastidiar la fiesta a las peñas. Los ultras de los equipos son jóvenes de estética oscura que se pasan la vida corriendo para arriba y para abajo intentando pegarle a alguien hasta que llegan los antidisturbios y los acompañan en sus paseos ridículos. Todo ese dinero gastado en helicópteros y fuerzas de seguridad son una mancha en el fútbol. Luego, el acta arbitral. Cito textualmente que el fisioterapeuta del Depor dijo, antes de fugarse entre el público como si fuera una escena de “Evasión o victoria”, “Menudos hijos de puta, la que habéis liado hoy aquí”. Poco me parece, la verdad. Ser árbitro no es fácil, pero por lo visto tener el nivel por los suelos es la norma, por no pensar mal. Seis minutos para revisar un penalti inexistente. El VAR, esa tomadura de pelo que solo sirve para corruptelas varias. Nos quedan cuatro jornadas. Vamos a tener que llevar las sales, adrenalina, un desfibrilador y, por Dios, que alguien haga vudú-vudú.