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Florecieron negras amapolas en lo oscuro de la luna, promesa de un templo a Artemisa, diosa de hombres, lunas y bestias.

Esta primavera, una nave tripulada visitó la cara guardada del sereno satélite para un fin oculto, mucho más que esa cara que a los mortales nos está vedada.

¿Qué fueron a hacer a la luna esta nave y su tripulación? Ese es el misterio, pero todos coinciden en reconocer que se van a producir grandes avances tecnológicos capaces de cambiar el rumbo de la historia.

La humanidad busca en el rostro velado de la luna soluciones imposibles para las escasas esperanzas que atesora en defensa de la cara vista de este planeta que, según unos, agoniza y, según otros, goza de una salud de hierro, y para el que todos buscan sustituto, en la confianza de que allí todo va a ser distinto, que esta vez sí vamos a ser mejores, más honrados, más dignos y fraternales. Esa es la certidumbre que ilumina el cataclismo de esta certeza, sofocando la incertidumbre, pero sabiendo que es mentira, que volveremos a ser incapaces de convivir en paz y armonía. Evidencia que avala el hecho mismo de la búsqueda, torpe, frágil y oculta como todo lo humano, incluso en este vano intento de conquistar un nuevo hogar para unos seres que no alcanzan a entenderse en la limpia faz de su planeta y buscan en la cara oculta de su satélite un espacio propicio para instalarse y desde el que alcanzar ese idílico planeta capaz de sanar sus miserias.