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El occidental Trump, tabernario dispensador de género al por mayor, ha ido a visitar al impertérrito Xi Jinping, oriental, ponderado, orondo y tendero al megapormayor. La balanza se inclina a favor del presidente Xi, en la medida en que China es paradigma del capitalismo marxista en todas las variedades de su panoplia ideológica.

La idea de Trump, dado la transacción, es repartirse el mundo con los modos y modales de la economía de mercado, aderezada con el uso de la fuerza. Y creo que no va a tener suerte, porque la moderna China nació de una solución igualitaria y universal y no tiene pensado descabalgar de esa concepción que le garantiza el sostenimiento del régimen dentro de los cánones capitalistas, pero sin perder de la mano la disciplina marxista —una recreación de los planes quinquenales soviéticos—, aderezados con un ligero toque humanista que disimule la explotación que esconde. Sin embargo, Trump, alejado de esos postulados, se decanta por su sistema puramente capitalista en el que todos pueden ser iguales siempre que se lo disputen y ganen a aquellos que jamás van a serlo.

Podría Trump triunfar si convence a Xi para que le haga una réplica del estrecho de Ormuz y si sale conforme a sus probadas habilidades, esa será la tónica de estos años venideros en los que ya no va a ser necesario discutir por enclaves estratégicos y territorios, sino que se limitarán a recrearlos y usarlos a su artificial antojo.