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La degradación moral de esta política 

La conmoción que vive buena parte de la sociedad española no nace únicamente de la gravedad de la imputación del ex presidente del Gobierno. Nace, sobre todo, de la sensación del derrumbe moral e institucional al leer el auto demoledor del juez Calama, que señala por varios presuntos delitos a quien durante años impartió lecciones de honestidad henchido de superioridad moral. El caso puede tener recorrido hasta la cima del poder.

La expresión “¡Cómo está el patio!” que se escuchaba en el Corral de Comedias de Almagro en el siglo XVII adquiere estos días una vigencia extraordinaria cuando los españoles contemplan atónitos e indignados un espectáculo donde la corrupción no parece ser una anomalía aislada, sino una enfermedad que erosiona la confianza en las instituciones, deteriora la democracia y daña gravemente la reputación internacional del país.

El señor Rodríguez Zapatero cuenta con la presunción de inocencia, pero su imputación debería tener profundas repercusiones políticas en el ámbito gubernamental, incluso antes de que exista sentencia firme. En una democracia madura, la ejemplaridad y responsabilidad de quien ocupó la presidencia del Gobierno no puede despacharse con “apoyos interesados” o victimismos calculados mientras la ciudadanía percibe estupefacta que el saqueo, el pelotazo y la corrupción sin control alcanzaron tal “punto de saturación” que deteriora la credibilidad y confianza en las instituciones.

Cada caso alimenta la peligrosa creencia de que “todos los políticos son iguales” y ese es el veneno que corroe las democracias desde dentro y abre paso al populismo, al descrédito institucional y a la desafección social. Cuando eso ocurre, los ciudadanos dejan de confiar en sus gobernantes y el sistema entero empieza a resquebrajarse.

Con todo esto, hay dos datos alentadores. El primero es comprobar que jueces, fiscales y también la prensa continúan investigando para llevar ante la justicia a los presuntos delincuentes, pese a las campañas de presión, señalamiento político y a los intentos de desacreditar a la judicatura. El segundo es la constatación de que, parafraseando un viejo dicho galaico, “a todos los corruptos les llega su sanmartiño”. Tarde o temprano, la justicia termina alcanzando a quienes abusaron del poder creyéndose impunes.

Por eso, el expresidente y sus cómplices pueden acabar también aplastados por sus corrupciones, en este caso progresistas y por ahora presuntas, como acabó la expresidenta populista argentina, otro ejemplo de liderazgo construido sobre discursos épicos y superioridad moral.

España necesita una regeneración ética transversal en todas las administraciones. Si la corrupción se normaliza, no se roba solo dinero público, se roba también la confianza de los ciudadanos en el modelo democrático. Y este es el mayor robo de todos.