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Espero que me perdone Juan Tallón por usar el título de su novela para mi columna, pero tenemos mil cosas en la cabeza. Sabemos que no todas son igual de importantes. Aún así, priorizamos y resolvemos sobre la marcha. Y, en aras de la eficiencia, nuestro cerebro ejecuta algunas en modo piloto automático.

Me pasa. El primer día de vacaciones escolares, por ejemplo, suelo terminar en la puerta del colegio. No tengo que llevar a nadie, ni que pasar por allí para llegar al trabajo. No hay mochila, ni beso apresurado, ni esa coreografía absurda de coches mal aparcados, niños medio dormidos y adultos con cara de haber perdido ya la batalla antes de las nueve de la mañana. Pero, aun así, aparezco allí. Como una idiota obediente. Porque mi cerebro ha decidido seguir la ruta de siempre.

La mayoría de las veces, el piloto automático no tiene consecuencias. O las tiene ridículas: unos kilómetros de más o unos minutos perdidos en buscar las llaves que hemos metido, inconscientemente, en algún sitio. El cuerpo hace lo que tiene que hacer, aunque la cabeza se haya quedado en otra parte: en una reunión, en una conversación pendiente, en una preocupación cualquiera.

Pensamos que no tiene demasiada importancia.

Casi nunca la tiene.

Casi nunca.

El horror está en el adverbio.

El caso de Brión nos golpea porque revela una grieta insoportable en la vida cotidiana. No hace falta añadirle dramatismo: ya lo tiene todo. Una niña de dos años fallecida tras quedar olvidada en un coche durante horas. Una escena que no se puede mirar sin que algo se rompa por dentro. Una tragedia que nace en el lugar más inquietante de todos: la rutina.

Nos gusta pensar que la tecnología ha venido a protegernos. Los coches pitan si no nos ponemos el cinturón, si dejamos una puerta abierta, si nos acercamos demasiado a una columna, si cambiamos de carril o si el depósito entra en reserva. Tienen sensores, cámaras, asistentes, luces que parpadean y sonidos que reprenden. Hemos automatizado el aparcamiento, la velocidad, el clima, la ruta y hasta la música que nos conviene escuchar un miércoles por la mañana.

Y, sin embargo, todavía hay niños que mueren en su interior.

No es un caso aislado, por mucho que queramos creerlo. En Estados Unidos, donde existen registros específicos, hay una media de 37 muertes infantiles al año por hipertermia en vehículos. En España no hay un contador oficial fácilmente consultable, pero la hemeroteca recuerda cada cierto tiempo que tampoco hablamos de algo imposible.

Y no lo puedo entender. Un coche que se desgañita cuando te acercas a otro mientras aparcas a la velocidad de una tortuga debería poder hacer algo para impedir que te dejes una vida en el asiento trasero. Porque ahí está lo que más importa, infinitamente más que la pintura, el motor o la batería.

Lo insoportable es que no hace falta una gran catástrofe previa. A veces basta una llamada, una prisa, una ruta repetida, una cabeza en otra parte. Trabajo, horarios, notificaciones, colegios, recados... Todo reclama atención. Y cuando todo parece urgente, lo esencial, que casi siempre es pequeño, puede quedar sepultado bajo el ruido.

Prevenir no es desconfiar del amor. Es desconfiar de la memoria. Del cansancio. De la prisa. Del cerebro que ahorra energía y, a veces, nos convierte en pasajeros de nosotros mismos. Por eso hacen falta sensores en las sillas infantiles, sistemas de alerta en los coches, protocolos en las escuelas infantiles, avisos entre cuidadores, rutinas diseñadas para romper otras rutinas.

El piloto automático nos lleva a veces a la puerta de un colegio cerrado. Otras, a comprar leche cuando íbamos a por pan. Nos reímos, damos la vuelta, corregimos el camino. Pero cuando existe la posibilidad de que esa misma maquinaria invisible desemboque en una tragedia, la respuesta social no puede ser estremecerse un día y olvidarse al siguiente.

Yo no sé qué se hace con un horror así. Hay tragedias que no admiten reparación. Solo queda poner todos los medios posibles para que no se repitan.