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Winston Churchil pronunció en su día una célebre frase que hoy debemos tener en cuenta: “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás que se han intentado”. En román paladino, quiso decir que el sistema democrático es el menos malo de todos los sistemas conocidos.

Estoy de acuerdo, pero la situación cambia, a peor, cuando el sistema se ve secuestrado, hurtado a la ciudadanía para ser manipulado y utilizado por interés propio por un gobernante. Sirvan dos ejemplos suficientemente aclarativos, Hitler ganó unas elecciones democráticas y acabó como acabó y, en la actualidad, vemos en España otro ejemplo, diferente, pero que al final roba a la ciudadanía la posibilidad de hablar cuando las circunstancias así lo demandan. Aquel Sánchez que llegó a la secretaría general del PSOE prometiendo que consultaría sus decisiones con las bases de su partido y no lo hizo ni una sola vez y, a la vista del éxito, parece decidido a impedir que los ciudadanos puedan expresarse en las urnas ante el ambiente irrespirable que vive nuestra democracia. Llegó el presidente a la Moncloa a través de una moción de censura supuestamente contra la corrupción que fue defendida en el congreso por Ábalos, hoy en prisión, porque las circunstancias así lo exigían. Hoy, que la corrupción abraza al propio Sánchez y a todo su entorno personal y político, el mismo Sánchez no ve las circunstancias como para llamar al pueblo a las urnas para pronunciarse sobre los acontecimientos que todos conocemos.

Si añadimos las declaraciones del propio presidente, la cosa se pone peor. Sánchez dijo que él podría gobernar sin el legislativo, vamos, pasándose por el arco de triunfo la soberanía popular representada en las cortes. Toma decisiones en política internacional sin informar ni mucho menos consultar a las Cortes Generales y, más allá de los casos conocidos de su mujer, su hermano, Ábalos, Koldo, Cerdán, Zapatero ahora se confirma, según el auto judicial de Pedraz, juez progresista, que en Ferraz y Moncloa se coció una cloaca que perseguía obstaculizar la acción de la justicia y espiar a jueces, periodistas y empresarios o a los adversarios políticos.

Es de tal gravedad que, solo este último caso debiera suponer la dimisión del presidente y la convocatoria inmediata de elecciones generales. Pues no, Pedro Sánchez se atrinchera en Moncloa a costa de despreciar la democracia, pero también de destruir a su propio partido que, por este camino, corre el riesgo de seguir la suerte del partido socialista griego o el francés, donde han desaparecido.

Sé que son muchos los dirigentes socialistas regionales y locales que están temblando con la posibilidad de que Sánchez no adelante las elecciones antes de las municipales y autonómicas y que sean ellos los que paguen el castigo que el cuerpo electoral tiene prometido al propio Sánchez, pero esta circunstancia parece no preocupar al líder socialista. El está convencido de que el pueblo podrá castigar a sus candidatos regionales o locales, pero que a él sí le votarán y que seguirá ocupando el sillón presidencial, cueste lo que cueste. Peligroso antecedente tiene esta posición política.

Largo Caballero, otro socialista sanguinario, llegó a decir en 1936: “si ganan las derechas, tendremos que ir a una guerra civil”, fue en la segunda República y ahí comenzó lo que fue el desastre que acabó con la vida de muchos españoles de los dos bandos. La memoria democrática de Zapatero no llega nunca a analizar esta posición de los socialistas y prefiere manipular la historia con otros motivos que justifiquen la contienda civil española. No creo que hoy en día los españoles estemos por esa labor, pero la polarización que Sánchez está generando en la política española ha convertido nuestra democracia en una democracia tóxica en la que el pueblo no cuenta más allá de ser llamado a votar cada cuatro años, o eso espero y que la amistad del socialismo español no se inspire en el régimen chavista venezolano que ya sabemos como acabó.