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La ponzoña invade el cuerpo venoso de la política. Lo envilece, sacude y retuerce como lo haría un súcubo de la peor calaña, convirtiéndola en un ser rijoso, pendenciero y poderoso, capaz de toda maldad como cualquier príncipe de las tinieblas de los muchos que pueblan nuestros cotidianos temores.

Lo dantesco de la aproximación a este ser resulta aterrador; es difícil imaginarlo sin caer en el espanto de la más profunda desolación. Es más, en lo perverso de su juego, invita al ser humano a desentenderse del humano ciudadano con el que convive, obligándose en esa atroz peripecia a perder también él su condición de ciudadano. Y como quiera que la política no tiene otro objeto que el de gobernar ciudadanos, nos encontramos con un artefacto viviente que muerde sin dientes y corrompe sin herida lo más perfecto del hombre: su condición de ciudadano. Una vez cometida la tropelía de desjuntar al objeto de su acción, la política no tiene otro sentido que el de la supervivencia a cualquier precio de los políticos y sus partidos, perdiendo unos y otros el ideario ideológico que debería animar sus legítimas aspiraciones de gobierno y también el sentido ético que contiene todo pensamiento.

Perdido el ciudadano, la ideología y su ética, tenemos esa bestia sin caparazón en que hoy se ha convertido la política y los políticos. Similares al gusano o la bobosa, se arrastran y devoran, devoran y se arrastran y con ellos a todos nosotros.