Criterios flexibles
Soy de la generación que tuvo que repetir la selectividad.
Junio de 1992. Ourense. Instituto Otero Pedrayo. Dos días de exámenes, nervios, bolígrafos mordisqueados y el carné azul en la mano, porque entonces el DNI era azul, analógico y grande, como si estuviese destinado a contener nuestra flamante y recién estrenada mayoría de edad.
No había detectores de frecuencia, ni relojes inteligentes, ni pinganillos, ni móviles, ni gafas con inteligencia artificial. Había apuntes con manchas de café subrayados hasta el delirio. Y rumores. Decían que iban a caer Descartes y Kant.
Y así fue.
En 1992 hubo filtraciones en los exámenes de Inglés, Filosofía y comentario de texto. El rectorado decidió anular las pruebas. A casi 11.000 estudiantes nos tocó repetir esos tres exámenes.
Hubo protestas, sentadas, enfado, llamadas al boicot, caricaturas de Ramón Villares (entonces rector de la USC) pegadas en el pecho y consignas maravillosas, casi punk: “Hubo filtración, va a tocar Platón” y “Eu non son un código de barras”.
Pero al final volvimos. ¿Qué podíamos hacer? La amenaza fue clara y disuasoria: quien no se presentase tendría un cero. Así que un lunes, 29 de junio del 92, volvimos a sentarnos en las mesas de un aula de instituto con el DNI ya destrozado por los nervios en una esquina.
Dicen que, desde entonces, el proceso de elaboración y custodia de los exámenes se endureció. O se hizo más seguro. También ha ido cambiando el nombre de la prueba: selectividad, ABAU, PAU… Incluso algunos criterios de evaluación. Pero, en realidad, sigue siendo lo mismo: el examen en
el que se decide qué puedes estudiar. La prueba en la que, con 17 o 18 años, te juegas buena parte de tu futuro académico y profesional.
Han pasado treinta y cuatro años. Está claro que esta vez no hablamos de filtraciones. No ha habido exámenes circulando por ahí antes de tiempo, ni un Kant escapado de la caja fuerte, ni un Descartes haciendo turismo por los pasillos de la universidad. Esta vez hablamos de errores, enunciados confusos, gráficos que sobraban, versiones en gallego con frases que no debían estar, preguntas que no se ajustaban a lo esperado, modelos que no respetaban lo anunciado y alumnos que recibieron aclaraciones cuando ya habían empezado, tachado, borrado o perdido los nervios.
La CIUG ha reconocido fallos en Dibujo Técnico e Historia de España y ha anunciado criterios extraordinarios de corrección. Será posible sacar la máxima nota en las preguntas afectadas, aunque la respuesta no sea exactamente la prevista en un inicio. Incluso habrá puntuación para quienes las hayan dejado en blanco. Criterios flexibles, lo llaman. Casi parece yoga administrativo.
El problema es que hay errores que desde un despacho parecen menores y desde un pupitre son un abismo. Porque una sola décima, en la PAU, puede convertir una plaza en una espera, una vocación en un plan B. Así que, sí, quince minutos no son nada para quien firma un comunicado, pero pueden ser media vida para quien está compitiendo contra miles de alumnos en igualdad teórica de condiciones.
La PAU no es solo un examen. Es una promesa. La de que todos se sientan ante el mismo papel, con el mismo tiempo, las mismas reglas, la misma claridad y las mismas oportunidades. Por eso no deberíamos admitir que el sistema, tan severo con los estudiantes, sea tan indulgente consigo mismo.
A los alumnos se les dice que lean bien el enunciado. Que no se precipiten. Que revisen antes de entregar. Que controlen los nervios y el tiempo. Que no cometan faltas. Pero parece que los que no leen bien el enunciado son los que hacen el examen. Quizá habría que haber revisado el papel que iban a recibir los estudiantes con el mismo entusiasmo con el que se miró debajo de las mesas, dentro de las mochilas y casi en el alma de los chavales para evitar trampas.
Yo no sé cuál es la mejor solución. Solo sé que no se puede exigir lo que no se está dispuesto a ofrecer. No se puede pedir precisión y entregar confusión. No se puede pedir calma y sembrar nervios. No se puede pedir ejemplaridad desde un sistema que aparece ante los alumnos lleno de tachones, aclaraciones y remiendos. No basta con decir que nadie saldrá perjudicado cuando nadie puede devolver exactamente el tiempo perdido, la calma rota o la seguridad con la que algunos siguieron escribiendo.
Si la PAU quiere medir madurez, rigor y competencia, lo mínimo es que empiece por demostrar las suyas.
Quizá este año la PAU gallega no solo ha examinado a miles de estudiantes. También ha sometido a una prueba al propio sistema. Y parece que no llega al aprobado.
