Música y prejuicio
Esta mañana, en el coche, mi hija ha puesto The End of the World, de Skeeter Davis. Ver una canción de principios de los 60 en la playlist de una adolescente no es habitual. Y no puedo ocultar que me hace feliz que la prefiera a cualquier tema de Quevedo. Del actual, se entiende, que la mordacidad del otro sí le gusta.
Sin embargo, hemos terminado discutiendo. En el mejor sentido de la palabra, eso sí, que es como deberían ser siempre las discusiones: sin sangre y con una canción de fondo.
Para mí, aquello era country. O Nashville Sound: esa forma de adecentar el country para que pudiera entrar en los salones sin barro en las botas. Country sin dobro, sin banjo y sin fiddle. Skeeter Davis no salió de la nada. Antes de cantar sola formó parte de The Davis Sisters, una de esas piezas imprescindibles en la historia del country y del rockabilly de los años 50. Para mi hija, en cambio, aquello era pop. Easy listening. Balada antigua. La banda sonora de Inocencia interrumpida.
La escena me dejó pensando en todas las músicas a las que merece la pena acercarse. Es inabarcable. Por mucho que lo intentes, siempre hay un género, una voz, un sello, una iglesia, una taberna o un barrio entero que se te ha escapado. Cuanta más música escuchas, más comprendes que no sabes nada. Así que esta dentellada no pretende sentar cátedra. Va de abrir ventanas. O ventanillas, ya que empezamos en un coche.
Hay músicas a las que les colgamos etiquetas torpes. La bossa nova, por ejemplo, no es simplemente música bonita para beber algo con hielo. Es la elegancia de la samba convertida en susurro. La sofisticación de la sencillez. El country, en cambio, necesita que dejemos de pensar en señores con bigote que cantan a los trenes.
El country es un árbol enorme. Engloba el honky-tonk, que huele a barra de bar y cerveza derramada; el bluegrass, que demuestra que se puede ir a toda marcha sin necesidad de electricidad ni de postureo; el rockabilly, que le guiña un ojo al rock and roll; el Nashville Sound, ese traje bien planchado que le pusieron para hacerlo más digerible.
Por eso mi hija podía escuchar pop donde yo escuchaba country. Porque la música, como todo lo importante, suele ser más mestiza que nuestras certezas.
Hay que sumergirse en el sur negro estadounidense, la columna vertebral de la música moderna. Los espirituales, el jazz, el blues del Delta del Mississippi, el gospel, el R&B, el soul y el hip hop no son compartimentos estancos, sino una cadena que va del campo a la iglesia, de la iglesia al club y del club a la calle. O lo que es lo mismo, del dolor a la comunidad, de la comunidad al baile y del baile a la protesta.
La canción protesta se merecería todo un capítulo, sea cual sea su nacionalidad. El afrobeat, por ejemplo, mezcla jazz, highlife y política como quien fabrica una máquina de mover conciencias. Porque cantar también puede ser tomar partido. Aunque ahora nos vendan la neutralidad como si fuera una virtud y no, muchas veces, una forma de estar cómodamente del lado de quien manda.
Hay músicas que flotan, como la chanson française o el fado, y otras que son puro cuerpo, como el funk, que no se escucha: se obedece.
Mientras yo pensaba esto, probablemente mi hija solo estaba escuchando una canción preciosa, que es la forma más inteligente de escuchar. Las canciones deberían entrarnos por la piel, sin más miramientos.
A mí me pasa con el punk, ese género que llegó para romperlo todo. A mi hija, con el post-punk, que se preguntó qué se podía hacer después: el indie, el jangle pop y el twee, que cambiaron la agresividad por guitarras luminosas, fanzines y ternura. Porque no toda rebeldía lleva chupa de cuero.
Esta lista podría seguir hasta el infinito. Podríamos hablar del swing, del ska, del tango, del son cubano, del choro, del bolero… Cualquier género vale siempre que lo escuchemos con atención, sin presuponer qué dice de nosotros que nos guste.
Olvídate de si es de pijos, de rojos, de fachas, de modernos o de intensitos. Piensa que escuchar sirve para descubrir nuestros prejuicios antes de que se nos instalen del todo. Y no solo los musicales. También los otros. Los que usamos para ordenar a las personas, las ideas, los acentos, los barrios, las edades, los cuerpos, las clases sociales y hasta las formas de sentir.
Así que este verano haz la prueba. Escucha algo nuevo. De verdad.
Quizá no te guste.
O a lo mejor te cambia el oído. Y quién sabe si la mirada.
