Es de razón
El presidente tiene toda la razón: la suya. Ese derecho no se lo niega nadie. La cuestión cambia cuando esa razón, personal e intransferible, febril y llena de desparpajo dogmático, que le asiste como un derecho inalienable en su condición de ciudadano, se impone a la de su posición de presidente. Y tiene, a ojos del más elemental sentido común, tanto descaro en la sinrazón que amenaza con llevarse por delante a la razón, el Estado y el derecho.
En ese caso, se le debe seguir respetando al presidente su derecho a tener su razón, pero haciéndole saber que la suya en su cargo ha de ser de consenso para poder tener cabida dentro del patrón democrático. Y el presidente debe entender que su razón es suya como la de los demás es de ellos, pero que, a ninguna de ellas, se le puede permitir que se sobrepongan a la razón común que hemos pactado y pergeñado con tanto sacrificio, en muchos casos de vidas y oportunidades sociales, porque de lo contario la veremos decaer en su naturaleza, arrasando toda esperanza de consenso social.
Al presidente se le ha venido permitiendo que su razón personal hiciese razonable su sinrazón institucional y la de sus socios, para fines y medios que no son socialmente razonables. Y creo que deberíamos razonar sobre esta cuestión. Porque el peligro no son los extremos por la derecha o la izquierda, sino esa ciega razón que se cree en el derecho de imponerse a las elementales razones de la convivencia.
