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No es fácil elegir el tema de la semana para comentarlo aquí. No porque no haya materia, sino porque lo mires por donde lo mires siempre acabas topándote con la corrupción y la justicia y más allá, está la realidad ciudadana que vive de sobresalto en sobresalto sin comerlo ni beberlo, pero sufre las consecuencias de una forma de hacer política que no le gusta, a veces incluso la detesta. Leyendo libros de historia podemos ver cómo las convulsiones sociales se produjeron de abajo arriba, de una ciudadanía cabreada que sale a la calle para dar un aviso a los gobernantes que no muestran empatía con el sentir popular y esa incomprensión se traduce en movimientos sociales que van creciendo a medida que la distancia entre gobernados y gobernantes se hace mayor. Aquí no.

No es la paz social la que está en peligro por revoluciones callejeras. La tensión se genera de arriba abajo, las actitudes del gobierno están generando inestabilidad y ponen en riesgo la paz social. La legalidad no discutible del gobierno de Sánchez choca con su propia legitimidad y su pecado original está en los compromisos incumplidos por el propio presidente. Nadie votó a Sánchez para que incluyera a Bildu como socio prioritario del gobierno y no porque lo diga la ciudadanía, sino porque el propio Sánchez lo dijo repetidamente en la campaña e insistió “con Bildu no pactaremos, si quiere se lo repito veinte veces”. Tampoco lo votó nadie para que regalara una amnistía a los golpistas catalanes “la amnistía no cabe en nuestra constitución” decía. Podría poner más ejemplos, pero no es necesario, todos conocemos las contradicciones que ha cabalgado este presidente para mantenerse en el poder. Más tarde el mismo Sánchez se atrevió a decir una barbaridad al afirmar que él podría gobernar sin el legislativo, es decir, sin el mínimo respeto a la voluntad popular representada en el Congreso de los Diputados y esta gravísima afirmación la renovó hace unos días cuando en el parlamento se votó una propuesta que pedía una convocatoria electoral anticipada. Esta propuesta fue aprobada por mayoría absoluta y la respuesta del presidente fue carcajearse del resultado de esa votación.

Las encuestas le dicen que no cuenta con mayoría social que apoye  su gobierno, el parlamento le dice que no cuenta con mayoría parlamentaria para poder gobernar, la corrupción rodea al presidente y la justicia tiene en la cárcel a su ex secretario de organización del partido y ministro de mayor presupuesto de todo el gobierno, su otro secretario de organización que ya pasó por prisión espera juicio también por corrupción y su faro moral, el ínclito Zapatero tiene problemillas con unas joyas que “aparecieron en su caja fuerte” y no da ni una explicación y hasta la directora de la Guardia Civil está imputada por graves delitos que ya estudian los jueces.

Todo esto y más, ha generado un ambiente tóxico entre la base social y la convivencia empieza a ser difícil por la polarización que ha sido alimentada desde el propio gobierno. Parece ser que Sánchez ha decidido que, pase lo que pase, aquí no pase nada. Nadie dimite, nadie es cesado, es como si Sánchez no pueda cortar cabezas porque todos los casos que le asfixian precisan de una guardia pretoriana que le protejan, no puede prescindir de sus peones porque se queda sin defensas. Y con este panorama da comienzo un verano en el que el presidente espera que la selección española de fútbol le ayude a despistar al personal, más pendiente del balón que del follón. La realidad, queridos lectores, es que esto no puede continuar por mucho tiempo, que es necesario llamar a urnas al pueblo para que ponga las cosas en su sitio, para que exprese su sentir sobre tanta corrupción, para volver a sentirnos dueños de nuestra democracia que, hoy por hoy, está secuestrada. Así las cosas… ¡poco nos pasa!