La «nietada»
Los nietos, señores del gobierno, no soportan ley. Son ellos, en la maravilla de su inocencia, quienes legislan y gobiernan sin parlamento los corazones de esos abuelos que les dejan hacer y deshacer para resarcirse en ese afecto de aquel que les robó la férrea disciplina que ejercieron sobre sus hijos durante sus años de cría y educación.
De esa ternura visten nuestros gobernantes el enredo legal, para una mejor venta, pero ellos no son abuelos, son padres en pleno ejercicio de formación y encauzamiento de sus aspiraciones respecto a la utilidad real de esa progenie votante. Por esa inmoral estrategia comercial es por lo que le llaman ley de nietos a la que no es sino la peor expresión del paternalismo que se conoce. La de manejarlos como si en vez de personas en posesión de un derecho fuesen monigotes electorales que se pueden comprar y vender en función de las necesidades electorales del partido.
Nuestro gobierno ha visto en la «nietada» un filón electoral de excelsos votantes que van a elegirlos para una acción de gobierno que ni les va ni les viene; servicio por el que serán agraciados con una nacionalización exprés que nada tiene que ver con otra reparación que la de trastocar el censo, añadiendo indiferencia e indiferentes, como si ya fuésemos pocos.
Este afecto, con esas buenas gentes, deberían dispensarlo abuelos y no padres para que aquello que le debemos sea sujeto de derecho y no mero objeto de desecho.
