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Hace unos días, Arturo Pérez Reverte me recordaba una viñeta del gran Chumy Chúmez en Hermano Lobo, hace unos añitos, que reflejaba a un líder político en un mitin y decía: “Nosotros o el caos”, a lo que el público presente respondía con gritos “¡el caos, el caos! Viene a cuento porque hace unos días el presidente Sánchez en una entrevista en “tele Pedro” dijo que en España no había alternativa, que después de él vendría la involución. Pues eso, o él o el caos.

Imagino a la gran mayoría de españoles coreando lo de ¡el caos, el caos! Cabe pues preguntarse el porqué la opinión pública mantiene un rechazo tan importante por el presidente que es fácil percibir en cualquier reunión multitudinaria de cualquier tipo, musical, deportiva, cualquier reunión vale para que el pueblo muestre su descontento con las políticas de Sánchez. En mi humilde opinión este ambiente hostil tiene sus raíces en la lejanía de Sánchez con la realidad que vivimos los españoles y que el presidente, que vive en una burbuja palaciega, no percibe.

Pedro Sánchez se ha instalado en el relato, una realidad paralela alejada de los sentimientos de la ciudadanía. El combustible es ya inaccesible para muchos bolsillos, la energía peor, sube cada día y el invierno se presenta difícil para calentar nuestros hogares. Al supermercado da miedo ir porque lo que antes comprabas por 50 euros ahora te cuesta cien y los compradores buscan gangas en los productos a punto de caducar para llenar su cesta. Mientras el gobierno insiste en que España va bien, las familias sufren para llegar a mediados de mes. Los jóvenes no es que no puedan adquirir una vivienda, es que no pueden ni alquilar porque les lleva el sueldo entero. La falta de empatía del gobierno con la gente tiene mucho que ver con las respuestas que Sánchez recibe cada vez que sale a la calle, que no son muchas por precaución, supongo.

Apuesta Sánchez por los separatistas para pactar una financiación que afecta a todos los españoles, incluso las autonomías gobernadas por socialistas han puesto el grito en el cielo por esta imposición. Además, los socialistas han facilitado muchas libertades de terroristas condenados, la última la de Parot, un asesino múltiple que ya se pasea por las calles vascas. El presidente ha olvidado el daño que ETA hizo a los españoles que, nosotros, no olvidamos, pero que Sánchez ha soslayado por los votos de Bildu en el parlamento para mantenerlo en la Moncloa. Y, dando un salto en el tiempo, llegamos a Ceuta, donde la situación es muy mala y con tendencia a empeorar.

El relato de Sánchez pasa por declarar inocente a Marruecos y culpabilizar a medio mundo de la invasión sufrida en nuestra frontera Sur, la nuestra y la de Europa que ni está ni se le espera. El relato de Sánchez confronta con la realidad que percibimos con nuestros ojos el resto de ciudadanos. Así decidió publicar unos informes, no todos, que se suponía explicarían que Sánchez tenía razón, pero ocurrió todo lo contrario. Los ciudadanos que nos molestamos en leer esos informes entendemos que el gobierno sí fue avisado de lo que podía venir y no tomó ninguna medida, facilitando así el asalto sufrido en Ceuta.

El relato y la realidad vuelven a no coincidir, pero el presidente sigue erre que erre instalado en la mentira. La prueba del algodón pudimos verla en directo todos los españoles: los ceutís reciben con insultos a los ministros mientras los invasores los reciben con vítores y aplausos. El delegado del gobierno en Ceuta también miente, pero nadie lo cesa porque el mentiroso es de la cuerda de Sánchez. La elección entre el caos y Sánchez está entendida por la población, pero no se confíen, en el fondo Sánchez, en su relato, está feliz porque entiende que él también es el caos y que, por lo tanto, los gritos del pueblo los interpreta como un apoyo masivo, ahora sí, para que gobierne cuatro años más. Quizá sea verdad que el mundo se ha vuelto loco.